FAMILIA CASTRO

Cincuenta años
Innovando

A Carlos Castro le llevó más de un mes fabricar su primer flotador. Un mes para comprender el funcionamiento de una máquina que venía sin libro de instrucciones. Un mes para volcar todos los conocimientos de sus estudios de química y así obtener la mezcla idónea de plásticos. Un mes, un flotador.

Fabricar flotadores no era el oficio de Carlos. Lo acabaría siendo, acabaría convirtiéndose en líder de un mercado pero, por aquel entonces, principios de los años 70, la aventura apenas daba sus primeros pasos. La fragilidad de los flotadores de aluminio y cristal de la época y su escasa durabilidad eran una continua fuente de problemas para las embarcaciones. El futuro era el plástico pero siempre que Castro había encargado la producción de flotadores a empresas no especializadas había habido problemas. La única forma, la mejor forma de conseguir los flotadores que necesitaban era fabricándolos ellos mismos.

Carlos conocía el trabajo en el mar. Provenía de una familia asturiana cuyo padre, Máximo Castro, era maestro redero de barcos bacaladeros, y un hombre profundamente ligado al mar y a las artes pesqueras. Cuando Carlos tenía 10 años, toda la familia se trasladó a Pasajes, en el País Vasco, y el joven comenzó a compaginar pequeñas tareas vinculadas al mar con una afición al ciclismo que le llevó a competir, incluso, en la Vuelta Ciclista a Asturias de 1963. Pero hubo un momento en el que el trabajo reclamó todo su tiempo por lo que tuvo que dejar aparcado el sueño del ciclismo. A partir de entonces, su vida fue mar y pesca.

Carlos siguió, primero, los pasos de su padre y se sumergió con él en la confección de redes y en conocer todos los secretos del oficio. Juntos perfeccionaron el arte de la pesca al bou y desarrollaron un conocimiento profundo de todos sus elementos, desde las redes a los flotadores pasando por todos los aspectos técnicos de la navegación. Luego llegó el primer barco de pesca propio. El segundo. El tercero y así hasta formar una pequeña flota de cinco naves. Paralelamente a ello, Carlos trabajó como vendedor de pescado al por mayor, teniendo que lidiar, a diario, con 30 toneladas de género que debían llegar a la lonja en el momento preciso para venderse al mejor precio posible.

Pero fue con la propia flota de barcos de arrastre cuando llegó la necesidad de surtirlos con boyas y flotadores, y la adquisición de aquella máquina de inyección que, fortuitamente, haría nacer una nueva empresa.

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Una vez conocido el funcionamiento de la máquina, hicieron la primera serie de flotadores pero había un problema: sólo necesitaban 300 y la máquina era capaz de producir entre 4.000 y 5.000 al mes.

Decidieron fabricarlos. Sabían que tenían algo especial entre manos, que habían logrado crear flotadores que no existían en el mercado: unos con una durabilidad superior a la media. Lo sabían porque estaban experimentando todas esas ventajas en su propia flota.

Los flotadores de Industrias Plásticas Castro pronto sedujeron al resto de pescadores de Pasajes. Luego, a los de otros puertos del mar Cantábrico que practicaban todo tipo de artes, no sólo las de arrastre. Algunos de los productos que salían de la factoría ni tan siquiera llevaban el nombre o la marca de la empresa. No hacía falta: todo el mundo les conocía, todo el mundo sabía que los productos que salían de las naves industriales de los Castro eran sinónimo de calidad. El flujo de pedidos era constante. Los flotadores se ganaron la confianza de aquellos que viven del mar, que viven para el mar. Primero en España, luego en Francia. Posteriormente, en toda Europa, haciendo incluso competencia a países con una tradición centenaria en la fabricación de flotantes navales de plástico como Dinamarca.

De la pesca profesional saltaron al sector de la náutica. La experiencia acumulada en aquellos productos que arrojaban excelentes resultados en las condiciones más severas propició que pronto encontraran un hueco en ese mercado. Con Carlos trabajaba su hermana Mari Carmen y el marido de ésta, Enrique Landa. Los tres levantaron la empresa prácticamente de la nada, volcando en ella miles de horas, mucho trabajo y, sobre todo, el oficio de dos generaciones que habían respirado mar.

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En 2018, Castro no es la misma de hace 40 años. En la actualidad vende sus productos en los cinco continentes, a más de 70 países, desde Australia a Canadá pasando por Marruecos y gozando de un prestigio internacional inimaginable en sus inicios.

En 2018, la empresa sigue en el mismo sitio que la vio nacer, en el barrio de Molinao, situado en la frontera de la ciudad turística de San Sebastián con el pueblo marinero de Pasajes. Casi todo ha cambiado desde la fabricación de aquel flotador a mediados de los años 70. El mar ha cambiado, la pesca, la legislación y las embarcaciones han cambiado. La flota de arrastre de Pasajes, que llegó a ser una de las mayores de Europa con más de 400 barcos, también ha cambiado: en la actualidad apenas cuenta con media docena de naves. Castro, sin embargo, ha experimentado el proceso opuesto, ha seguido creciendo hasta convertirse en un líder mundial en la fabricación de artículos y accesorios para náutica y pesca profesional.

A ello ha contribuido su ética de trabajo y una constante aplicación del método ‘prueba y error’ para conseguir los resultados idóneos –los únicos aceptables- en todo lo que fabricaban. En su camino han sembrado varios hitos en la industria de la pesca de arrastre moderna como el flotador Hydrodinamic, cuyas cavidades reducen radicalmente la vibración de las redes, o los Titanium, creados con una aleación especial (la Titanium Plastic) que les permite aguantar profundidades de hasta 3.000 metros de profundidad.

Hace casi una década, Carlos Castro cedió el relevo de la empresa a sus hijos, Raúl y Carlos, la tercera generación de una misma familia vinculada al mar y a sus artes. Su vida ha corrido casi paralela a la de la empresa, primero viviéndola de mano de su padre, luego trabajando en ella al poco de cumplir la mayoría de edad. Ambos han conocido y trabajado la empresa desde abajo, desde la fábrica y el almacén, hasta arriba, hasta las oficinas en las que hoy gestionan su presente y su futuro. Ambos tienen muy presentes las fórmulas y lecciones de su progenitor, las mismas que éste heredó de su padre redero. La esencia de Castro, la empresa, apenas ha cambiado desde sus orígenes, manteniendo un compromiso fiel con la fiabilidad, precisión y durabilidad de sus productos. El mismo compromiso, el mismo tesón que impulsó a Carlos a trabajar durante un mes en la puesta en marcha de una máquina que fabricaría el flotador que tenía en mente.

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“En la actualidad, Castro es uno de los mayores fabricantes del mundo de boyas, defensas y flotadores. Exporta sus artículos a más de 70 países y sus productos destacan por su excelencia, eficacia e innovación.”